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El arte de desarmar el mundo: mi estilo de vida
Narración

El arte de desarmar el mundo: mi estilo de vida

Hernán González C.
Hernán González C. |
"Algunos coleccionan recuerdos; yo colecciono maneras de entender cómo funcionan las cosas…"
(Una especie de bio y otras cosas que estoy probando)
 
 Algunos coleccionan recuerdos, yo colecciono maneras de entender cómo funcionan las cosas. Desde niño, mi vida ha sido un laboratorio perpetuo donde todo merece ser explorado, desarmado y, si sobrevive a mis manos, quizás vuelto a armar.
 
Una de mis facetas fue la de un niño artista. Las acuarelas y los óleos fueron mis lenguajes por un tiempo, el carboncillo y el pastel, mis formas de sacar de mí mismo mi forma de ver la vida. Pintaba el mundo tal como lo veía, pero pronto descubrí que prefería entender cómo ese mundo funcionaba por dentro.
 
También me encanta la cerámica y cómo se extrae belleza de la tosca tierra, ese trazo de energía tan peculiar que dejan las manos de quien la crea. Tal vez el castigo fue lo que me impidió desarmar el piano de mi casa al mejor estilo de Jose Arcadio Buendia.
 
Las bicicletas me enseñaron que uno puede ser su propio fabricante de libertad; yo construía las mías, pieza por pieza, hasta que el ciclismo se convirtió en mi primera pasión desarmable.
 
La mecánica automotriz llegó como una consecuencia natural: motores, engranajes, sistemas que cobran vida con la lógica precisa del metal y el combustible. Luego vinieron los lenguajes de programación, esos alfabetos abstractos donde uno construye mundos con palabras que las máquinas entienden.
 
Electricista, jardinero, cocinero, pintor, fontanero, carpintero, programador, aspirante a científico loco… la lista se extiende como un currículum del renacimiento, aunque yo lo llamaría más bien un eterno aprendiz.
 
Y sí, pirómano también. Porque el fuego enseña. Eso sí, consulto, leo, me instruyo antes de atentar contra cualquier cosa.
 
Un melómano consumado, la música me atraviesa con la intensidad de casi noventa géneros distintos. Soy alguien con atisbos de músico, poeta y loco. La poesía, los relatos y las biografías me acompañan porque en ellos encuentro otras formas de desarmar: las vidas ajenas, las palabras precisas, el ritmo que late detrás de cada historia.
 
Mi mayor vocación, sin embargo, es ser "maquinólogo". No existe tal palabra en los diccionarios, pero describe perfectamente mi curiosidad suprema: armar y desarmar cosas. Pero no solo objetos, también ideas, argumentos, convicciones propias y ajenas.
 
Todo lo que toco termina en piezas sobre la mesa, expuesto en su anatomía más íntima.
 
De niño fui relojero involuntario. Bulova, Orient, excelentes marcas que no sobrevivieron mi necesidad de entender cómo el tiempo puede medirse en engranajes diminutos. Algunos relojes quedaron inutilizados, otros sobrevivieron unos minutos solamente, el muelle espiral es demasiado sensible. Por supuesto que, en este género, entran las computadoras, bombas hidráulicas, teléfonos, cocinas, aspiradoras... el mecanismo de ciclos de las lavadoras clásicas Whirpool, es simplemente genial cómo funciona, me llevó 2 horas volver a armar una de esas lavadoras completamente si no, no se podía lavar la ropa ese día.
 
De los negocios de mi papá me llevaba tesoros para fabricar globos meteorológicos, aviones y cohetes, pólvora, barómetros, termómetros, poleas, circuitos, palancas. Cada objeto era una pregunta esperando respuesta.
 
Hubo momentos de peligro glorioso, por ejemplo, con ocho años, aquel cartucho de escopeta que coloqué en una prensa de banco, golpeándolo con un martillo, convencido de que algo maravilloso sucedería. La fortuna estuvo en mi falta de fuerza; si hubiera logrado hacerlo detonar, esta historia no existiría. Al final lo desarmé, extraje los perdigones y la pólvora, y finalmente entendí lo que hubiera pasado. Estoy seguro de que mi ángel de la guarda renunció en ese preciso instante.
 
La comunidad científica ni se inmutó ante mi intento de romper la velocidad del sonido en bicicleta, ambición que me costó una clavícula quebrada, pero que valió cada segundo de vuelo imprudente; en las mocedades se es como de hule.
 
A veces soy lobo solitario, a veces me lleno de gente. Soy igual en esas contradicciones, cómodo en ambos extremos.
 
Quise ser ingeniero, pero estudié administración de negocios; igual, seguí armando y desarmando cosas, solo que en esa oportunidad fueron procesos, estructuras organizacionales, flujos de trabajo, software. Siempre me salí con la mía, como cuando dejé fuera del aire el software de un servicio de canales digitales de una importante empresa; fueron veinte minutos con sudor frío; desarmé y armé, nadie se dio cuenta y no me despidieron.
 
A veces me meto en política, peleo por ideales porque en algo hay que creer y desarmo argumentos con el mismo placer con que antes desarmaba relojes.
 
Llegando al 2026, a mi edad, aún no entiendo del todo lo que soy. Pero sé que he explorado la vida de una forma particular, con las manos siempre dispuestas y la mente eternamente curiosa. Este mundo guarda tantos secretos y siempre estaré dispuesto a desarmarlo, porque algo bueno siempre queda entre los escombros de la comprensión.

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